Ocurrió en aquel tiempo, que el conejo se cansó de correr y esconderse. Todo el día preocupado por no perder su vida, hacía que no pudiese disfrutar de ella. Un día, de repente, la solución le salió al paso.
Jonás, el cocodrilo más viejo del pantano, había muerto, ya que al quedarse sin dientes, ya no podía cazar ni comer.
Cogió la piel del anciano difunto y se la enfundó como un disfraz. Le sorprendió lo bien que se ajustaba a su pequeño cuerpo, sin embargo, no le dio más vueltas y pensó que no era más que otro golpe de suerte de aquel afortunado día.
¡Esto sí que es vivir! Puedo andar por donde quiera, tomar el sol tranquilamente y para colmo, me divierte muchísimo ver cómo otros pobres animalillos corren con pavor al verme.
Aquel pequeño gazapo era nuevo en el bosque. Impasible, comía su matojo de hierba mientras el falso Jonás avanzaba hacia él, cada vez más sorprendido de la falta de prudencia de aquella estúpida cría. Mientras ponía la voz más ronca de la que era capaz y abría y cerraba la boca del cocodrilo, para simular que era éste el que hablaba, el pequeño se coló dentro. Ofreció un montoncitó ce hierba a quien desde un primer momento había reconocido como igual, pero acabó siendo escupido por aquella penosa imitación.
En definitiva, Jonás aunque muerto, seguía vivo. Él, aunque vivo, había desaparecido para siempre, convirtiéndose voluntariamente en la última víctima del difunto y desdentado cocodrilo.
Jonás, el cocodrilo más viejo del pantano, había muerto, ya que al quedarse sin dientes, ya no podía cazar ni comer.
Cogió la piel del anciano difunto y se la enfundó como un disfraz. Le sorprendió lo bien que se ajustaba a su pequeño cuerpo, sin embargo, no le dio más vueltas y pensó que no era más que otro golpe de suerte de aquel afortunado día.
¡Esto sí que es vivir! Puedo andar por donde quiera, tomar el sol tranquilamente y para colmo, me divierte muchísimo ver cómo otros pobres animalillos corren con pavor al verme.
Aquel pequeño gazapo era nuevo en el bosque. Impasible, comía su matojo de hierba mientras el falso Jonás avanzaba hacia él, cada vez más sorprendido de la falta de prudencia de aquella estúpida cría. Mientras ponía la voz más ronca de la que era capaz y abría y cerraba la boca del cocodrilo, para simular que era éste el que hablaba, el pequeño se coló dentro. Ofreció un montoncitó ce hierba a quien desde un primer momento había reconocido como igual, pero acabó siendo escupido por aquella penosa imitación.
En definitiva, Jonás aunque muerto, seguía vivo. Él, aunque vivo, había desaparecido para siempre, convirtiéndose voluntariamente en la última víctima del difunto y desdentado cocodrilo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario